PAN GU
Extracto del libro "Feng Shui para Bebes" de Jose Manuel Chica Casasola, Editorial Grijalbo. Para mas informacion visitar la web http://www.eltallerdelhabitat.com .
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Pan Gu fue un gigante sobrenatural, cuya identidad no estaba definida nítidamente, traslapada entre las primeras formas humanas y animales. Los que soñaron con esta leyenda dicen que la cabeza de Pan Gu era la del ciervo y...
Pan Gu nació y creció dentro de un huevo con proporciones inimaginables. El huevo fue la forma que adoptó el universo cuando era antiguo, caótico y oscuro. En este huevo, el gigante fue gestado, vivió, se alimentó y fue fortaleciéndose. Pan Gu soñaba e imaginaba el mundo desde su esfera; pasó mucho tiempo así, aunque entonces no había forma de contar el tiempo. Cierto día, o mejor sería decir en un determinado momento, el gigante Pan Gu se despertó. Entumecido por el letargo, quiso desperezarse, pero había crecido tanto que rompió el huevo al estirar sus brazos y piernas con desenfado. Pan Gu había reunido tanta fuerza que con dicha acción propulsó los pedazos de la cáscara por el espacio sideral,
El gigante se asustó tremendamente, pues se dio cuenta de que había hecho estallar en pedazos la matriz cósmica que lo había albergado. Vio desde su asombro cómo de las partes más grandes y sólidas de la cáscara del huevo surgieron los planetas y los astros. Y vio también cómo la inmensa mancha azul profunda del Cielo era surcada por estelas de luz y color. Eran la energía y el dinamismo, que por primera vez viajaban extensas distancias persiguiendo ios restos plateados del huevo.
La explosión que causó Pan Gu fue tan tremenda que todavía hoy el universo sigue expandiéndose, pero lo más fascinante de tal suceso fue que la energía y la materia, que dentro del huevo eran una mezcla tibia e indiferenciada, en el espacio sideral se escindieron en dos fuerzas, a las que los antiguos sabios llamaron el Yin y el Yang.
El Yin es la fuerza material, contractiva y femenina, y el Yang la fuerza energética, expansiva y masculina.
Pan Gu, muy desconcertado por lo acaecido, se ocultó en un improvisado refugio de sombras y eclipses para observar cómo el Yin y el Yang se conocían. Sus primeros contactos fueron breves y a veces apasionados, episodios de confrontación y lucha, más por el mutuo desconocimiento que por alguna clase de malicia; en otras ocasiones, se unían en citas de amor infinito, animadas por la atracción y la curiosidad innata que la vida tiene por lo desconocido.
El Yin y el Yang, en sus amoríos y desavenencias, encontraron paulatinamente la manera de complementarse. Fue así como surgieron los primeros pasos de danza en el universo: los remolinos, tornados y espirales de polvo de los fragmentos más etéreos de la cáscara del huevo de Pan Gu. Y así nacieron los ciclos en los que el tiempo se encontró cómodo, y las dimensiones en las que el espacio estuvo a sus anchas. En ese sentido, el tiempo —que se identificó en el Yang— y el espacio —que se alió con el Yin—, en su juego de caricias y afectos, se embarazaron de planetas, cometas y estrellas, cada uno con su luz y su lugar en la cúpula celeste.
El gigante, que al desintegrarse el huevo había permanecido en uno de sus pedazos más inmensos, tuvo que aprender a mirar los rayos rojos de una nebulosa que más tarde se convertiría en el Sol, así como acostumbrarse a un clima cada vez más caluroso y excitante.
El pedazo de cáscara en el cual habitaba, al que llamó Tierra, también se vio forzado a cambiar: ruborizada la Tierra por el calor y las atrevidas insinuaciones del Sol, atrapada en la tracción y la rotación de la galaxia, debió someterse a severas dietas y cambios metabólicos para moldear su figura más adecuada: la redondez. El tiempo y la perseverancia hicieron que el Sol y el planeta redondo también encontraran su lugar, su ritmo y la distancia adecuada para disfrutarse mutuamente desde una tibia calidez.
Entonces Pan Gu decidió salir de su escondrijo e intentó mantenerse de pie y en equilibrio en su nuevo planeta, pues hasta entonces sólo había conocido la ingravidez. Temeroso el gigante de que las fuerzas que le dieron vida en el huevo, el Yin y el Yang originales, buscaran una pronta fusión y le regresaran al mundo oscuro e interior del que provenía, aposentó con firmeza sus pies en la Tierra y elevó sus manos hasta tocar el Cielo. La intención era distanciarlos: elevar el Cielo y alejarlo de la Tierra.
Debido a la fortaleza con que lo concibió el propio universo, al gigante le fue fácil empujar y seguir distanciando a sus padres naturales: la fuerza Yin hacia abajo, concentrándola en la Tierra, y la fuerza Yang hacia arriba, con el Sol, los planetas y las estrellas, Se dice que durante 18 millones de años, Pan Gu fue separando el Cielo de la Tierra. Durante milenios, el gigante triplicó su tamaño diariamente, pues ambas fuerzas, Yin y Yang, seguían nutriéndolo con su vitalidad; con la misma longitud que crecía Pan Gu cada día, se incrementaba la distancia entre su madre la Tierra y su padre el Cielo.
Durante esta titánica tarea, Pan Gu, tan gigante como curioso, también aventuró sus sentidos dentro de la dualidad y empezó a investigar. Ahí adentro encontró un abanico de intensidades y pulsiones, de juegos y equilibrios entre las fuerzas del Yin y el Yang. Después de mucho recorrer ios abismos de esta polaridad, concluyó que había cinco energ(as esenciales, cinco grandes bandas o flujos de vitalidad que impulsaban y relacionaban cualquier situación o fenómeno existente: el viento, el fuego, el metal, el agua y la Tierra, donde gravitaban todas ellas. Cada uno de los cinco flujos unía y pegaba infinidad de cosas por su similitud, intensidad y resonancia energética, creando una extensa red de relaciones en el tiempo y el espacio.
Mientras viajaba en sueños distanciando el Cielo de la Tierra, Pan Gu iba acumulando en su cuerpo esas cinco energías. Paulatinamente las atesoró: en sus músculos y en el corazón conservó todas las formas sutiles del Yang, en su tejido conjuntivo acumuló la fuerza cálida del planeta, y en sus pulmones y esqueleto depositó las expresiones del Yin del cosmos.
Sin embargo, su tremenda mezcla de curiosidad y esfuerzo hizo que Pan Gu, sin darse cuenta, se fuera agotando lenta pero inexorablemente con el transcurrir de los milenios. Hasta que un día llegó a su lado la muerte para susurrarle una vieja canción, Entonces el gigante se percató de que su fin había llegado e hizo una maniobra inconcebible: antes de que su energía vital abandonase definitivamente su cuerpo y se difuminase en el cosmos, Pan Gu la concentró en las imágenes que había reunido en sus ensoñaciones y en los acontecimientos en los que el universo lo había involucrado. Fue lo último que hizo y puso tanto empeño que pudo crear el mundo natural como lo conocemos hoy día.
Dicen que su respiración se convirtió en el viento y las nubes; que su voz se volvió trueno; que su ojo izquierdo definió la nitidez del Sol y su ojo derecho la de la Luna; que de sus brazos y sus piernas nacieron las direcciones cardinales y las montañas; que de su piel y sus músculos germinaron los bosques, la hierba y las flores; que su sangre corrió por la superficie de la Tierra para formar los ríos, y de sus venas surgieron los caminos y senderos; que de su carne nacieron los campos de cultivo; que de su osamenta se crearon los minerales y las piedras preciosas; que del pelo emergieron más estrellas que crearon las constelaciones de nuestra galaxia, y que de las pulgas y los parásitos que habitaban en su cuerpo se multiplicaron los primeros parientes de los seres humanos que hoy habitamos en el mundo...
Pan Gu fue el primer ser que usó su intención para crear algo, y lo hizo con la energía que liberó con su muerte.
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